
LIBRA: LA FORMA DESPLIEGA SUS ALAS
En una enorme y polvorienta meseta de Nuevo México, los descendientes de indígenas se reúnen y bailan anualmente para recobrar la fuerza del pasado. Acuden turistas hambrientos de mitos antiguos porque hay algo que todos esperan ver: una de las cosas más salvajes que existen, un numen viviente, la Mariposa. ¡Qué mujer será ésta! Quizá una especie de Pocahontas sensual y delicada.
De pronto, todos experimentan un justificable sobresalto cuando ven saltar a María Luján a escena. Es gorda como la Madre de los Días, como una figura de Diego Rivera. Y es vieja, decididamente vieja. Lleva un hombro al aire, y su manta negra y roja salta con ella adentro. Parece una pesada araña brincando en un tamal. Salta sobre un pie, y luego sobre el otro. Agita su abanico de plumas y luce unas alas de mariposa como las que llevan los niños en las representaciones escolares. Sus caderas son como dos trémulos cestos de treinta kilos cada uno, como para que en ellas se sienten dos niños.
Las tribus participan con actitud reverente pero algunos turistas se miran perplejos “¿Esta es la Doncella Mariposa?” Han olvidado que el mundo espiritual es un lugar donde las lobas son mujeres, los osos son maridos y las viejas de considerables dimensiones son mariposas.
La Mujer-Salvaje-Mariposa es vieja y gorda pues lleva el mundo de las tormentas en un pecho y el mundo subterráneo en otro. La bailarina Mariposa tiene que ser vieja porque representa el alma, que es vieja. Ya no necesita respetar los tabúes que impiden tocar a la gente. Tiene ese privilegio. Ese es su poder, el de tocar. Porque su cuerpo es el de la Mariposa.
Navegando con La Mariposa por la superficie del río...
Si la Loba, como el Patito Feo perdido y exiliado, se refugia en su enojo por haber sido distanciada de la manada, se buscará en el espejo y a manera de consuelo hará de su reflejo un fuego fatuo... Pero no es éste el fuego que la hará brillar libre y bella como una Mariposa. Este es un fuego artificial, que depende de las luces de neón. Cuando aparezca el verdadero fuego -en la mirada encendida del otro- esta Loba depredada no sabrá qué hacer... más que seguir bailando, enfatuada, ante la niebla. Y el espejo le empezará a devolver una muy cruel imagen, y a pedirle lo imposible...
Navegando con La Mariposa por el Río Profundo, el río debajo del río...
Pero si, como el Patito metamorfoseado en Cisne, la Loba vagabunda ha tolerado el dolor de su camino en pos de la libertad, se podrán escuchar las voces de las otras Lobas cantar desde lejos... “¡así es como te queríamos: libre... brillando en tu propio centro...! ¡Este era el fuego que necesitábamos, el fuego erótico de tus caderas, de tus pechos, de tu pelvis, el que te pide juntarlo con el fuego del “otro”, que esperaba tras tu sombra...!”. En este baile de la Mariposa tras su metamorfosis, sólo una mirada al espejo alcanza: porque lo que allí se refleja no es un ego aprisionado. Es la Diosa del Amor, la que sabe y siente la belleza de ser Sí Misma... No es un mero objeto de deseo. Sabe ser para Sí porque ha comprendido la libertad y no la esclavitud de desear ser para el Otro... Por eso el baile de esta Mariposa Sabia es un baile de gozo y libertad... Es el baile del fuego renacido, del fuego compartido... El reflejo, justo en su punto opuesto, de aquel fuego resucitador ariano de la Loba Huesera...