
LEO: EL CORAZÓN DE LA FORMA AUMENTA SU FUEGO
Ella había hecho algo que su padre no aprobaba -ya nadie recordaba qué- y por eso había sido arrastrada hasta el acantilado y arrojada al mar. Allí los peces comieron su carne y la dejaron reducida a un triste esqueleto, que daba vueltas entre las corrientes marinas del fondo. Un día vino un pescador-cazador solitario y su anzuelo se quedó enganchado. Cuanto más tiraba, más se enredaba, hasta que a sus espaldas y sin que él se percatara, empezaron a salir a la superficie los huesos de La Mujer Esqueleto... ¡Aaaaaaaaayyyyy...! gritó él y se puso a remar con todas sus fuerzas hasta la orilla. Pero ella seguía enredada en su sedal, y lo siguió a todas partes, y él no pudo evitar que entrara a su iglú.
Cuando encendió su lámpara de aceite la vio allí, toda huesos, acurrucada en un rincón sobre el suelo de nieve de su casa, con un talón sobre el hombro y una rodilla en el interior de los huesos del tórax... Entonces, el pescador no pudo explicar qué le ocurrió. El era un hombre solitario. El caso es que se sintió invadido por una cierta compasión y, dulcemente, empezó a desengancharla del sedal en el que estaba enredada.
Cuando terminó, una vez que le hubo colocado todos sus huesos en orden, la cubrió con unas pieles para que entrara en calor. El pescador sintió sueño, se deslizó bajo las pieles para dormir y enseguida empezó a soñar. Y en el sueño, se le escapó una lágrima. La Mujer Esqueleto vio su brillo y de repente le entró mucha sed: bebió esa lágrima hasta que consiguió saciar su sed de años. Luego, introdujo la mano en el pecho del hombre dormido y le sacó el corazón, que golpeaba tan fuerte como un tambor. Ella se puso de pie y con el tambor entre sus manos se puso a bailar. Y cuanto más bailaba, más carne iba cubriendo sus huesos, más pelos asomaban en su cabeza, más blanduras en sus pechos y en su vientre. Y cuando terminó, se deslizó al lado del hombre dormido, piel contra piel. Devolvió el corazón a su cuerpo y, cuando ambos despertaron, se encontraron abrazados, enredados uno con el otro. Pero de una manera buena y perdurable.
Navegando con La Mujer Esqueleto por la superficie del río...
Si la cara –temida- de la Hermana Oscura queda arrojada al afuera, si permanece innombrable, no habrá corazón apasionado de ningún cazador-pescador que pueda rescatar a esta Mujer Esqueleto. Quedará aniñada y temerosa, en el fondo del océano... incapaz de ser tocada profundamente por lo masculino. De ser transformada por el amor.
Navegando con La Mujer Esqueleto por el Río Profundo, el río debajo del río
Pero si el nombre de esa Hermana Oscura –el aspecto Muerte de la Vida- fue invocado por el instinto masculino de Manawee, ahora éste podrá transformarse en el cazador valiente y compasivo de la Mujer Esqueleto. Su corazón apasionado podrá recuperarla, amarla, rescatarla de la oscuridad. Esta mujer sumergida y renacida es portadora del segundo fuego del mandala -Leo- y por eso hay acá otra resurrección de los huesos. El masculino resucitador es tanto un varón amante como el Animus crecientemente integrado de la mujer.