
LEO:
A partir del encendido originario, el Big Bang ariano, nacieron las estrellas y los soles, esas hogueras localizadas del espacio. Desde Cáncer, se los puede mirar como ámbitos que cuidaron durante mucho tiempo -el necesario- aquello que crecía en su interior. Desde Leo, se comprende que ese interior en algún momento estuvo pronto para el despegue y la salida. El corazón mismo de esa forma protegida empezó a irradiar su propio brillo y calor, a emanar su potencia singular.
Los soles son estrellas que brillan con su propia diferencia creadora y a la vez la emanan hacia fuera. Centros de fuego estables capaces de manifestar su propia creatividad. A diferencia del Big Bang –su fuente- si bien no pueden generar un universo, pueden hacer que lo que irradian se distribuya y perdure por él.
Leo no disipa la energía originaria sino que la concentra. Implica acumulación de identidad, “expresarse a sí mismo”, diríamos si lo miramos desde lo humano. En este segundo fuego del Zodíaco, la forma protegida necesita dar cuenta de sí, ser consciente de su propio fuego.
Su símbolo corresponde cabalmente al león, considerado el rey o señor natural de los animales. En los relatos arquetípicos de la historia de la humanidad, esta energía encarna tanto en el rey o la reina que dan brillo a su comunidad, como en el héroe o heroína que se diferencian del resto por sus hazañas. Simbolizan al individuo que toma conciencia de sí y que trata de estar constantemente en contacto con su propio centro. En Leo la creatividad significa algo muy humano: la sensación de creación, la conciencia de diferencia.