
TAURO:
Tauro revela una necesidad básica de la energía: la de lentificar para auto-preservarse. Si siguiéramos por siempre en “el modo Aries” iríamos de explosión en explosión y ello impediría cualquier proceso. Tauro es entonces la fase donde -para que un proceso dure y persista una vez iniciado- la energía necesita adoptar una actitud fundamental: dejar de manifestarse libremente para empezar a auto-acrecentarse, a hacer acopio, a tener reservas. A acumularse a sí misma.
Este signo expresa la energía latente en el interior de la materia, nos presenta a ésta como un fantástico depósito de energía, el símbolo de la Tierra en la expresión máxima de su fuerza. La expresión arquetípica de la vida pura que está allí para ser gastada, aunque ella misma no se gaste nunca.
En términos de la física contemporánea Tauro es equivalente al principio de la masa y de la resistencia. Es energía potencial así como Aries es energía cinética. Por ello, en los puntos máximos del dibujo del signo aparecen el peso, la inercia, la concreción, la lentitud, el crecimiento. Tauro es la lentificación necesaria para que aparezca la materia como potencialidad, como materia prima. Recién en otras fases del Zodíaco esta materia resultará elaborada y se presentarán las formas, con su enorme variación. Pero para que advengan estas fases se requiere un enorme depósito de materia, de energía quieta, que permita la aparición de procesos estables.
La luz ha quedado adentro, en el interior de esa masa oscura que comienza a extenderse y a cobrar volumen. Luz y masa, energía y materia, se realimentan, se equilibran, se necesitan mutuamente. Son, como Aries y Tauro, dos aspectos de lo mismo: el movimiento de la Vida. Podríamos entonces decir que estas dos fases iniciales del Zodíaco, son los dos grandes vectores de fuerza que constituyen la expansión y la contracción del universo.