
Reencontrar nuestros ritmos naturales, ver, oír, sentir con sensibilidad y percepción renovadas, es recuperar nuestra herencia originaria. Esta es la herencia que la Tierra y el Cielo nos legaron desde un origen (que suponemos mítico), desde un lejano Edén en el cual el Amor masculino-femenino era sinónimo de Fuego, Libertad y Confianza en el torrente de la Vida.
¿Quién era él, el Amado? Era el Cielo Estrellado, la esencia misma de la creatividad cósmica, irrumpiendo con fuerza imparable (como lo hizo Hades ante Perséfone) sólo que sin encontrar temor ni resistencia alguna en lo femenino. ¿Quién era ella, la Amada? Era Gea, la Tierra, en quien se unían la doncella y la madre, Venus y la Luna. En ella se expresaba lo “femenino maduro y al mismo tiempo arrobado”, al decir de Marion Woodman. Esa mezcla fascinante y compleja de virginidad y sabiduría, abriéndose ante el abrazo cegador de la potencia masculina.
El goce de estos Amantes Originarios no tenía nada que ver con la auto-completitud o con ningún Paraíso condicionado. En todo caso, su amor se desplegaba míticamente en un Edén abierto y libre, y el orgasmo se hacía presente por primera vez en toda la magnificencia de su condición sagrada. Hoy sólo cabe concebir este encuentro maravilloso y totalizador fuera del tiempo, en un escenario donde la creatividad vital irrumpe “presente a presente”. Por eso sólo podemos tocar ese gran milagro brevemente, casi como un destello, expresado en el misterio sexual de todo lo viviente.
Es un hecho que la historia concreta de los humanos no pudo soportar semejante impronta, y que "algo" la interrumpió para su conciencia. En el mito de Urano y Gea, ese “algo” fue el misterio del fruto, de la preñez de la forma, exigente fase de la Vida que ha pedido a los amantes, desde siempre, reinventar otra manera del vínculo.
Así fue como todos, varones y mujeres, vivimos extrañando y anhelando el retorno de ese abrazo extático. Y experimentando nuestros encuentros desde la división, desde la escisión entre Madre o Mujer-Amante, las mujeres. Entre Padre o Varón-amante, los varones.
Sin embargo, cada vez que el amor irrumpe como fuego imparable (cada vez que un varón y una mujer se encienden mutuamente a través del deseo) el secreto originario de Urano y Gea vuelve a restallar por unos segundos en nuestros cerebros.
Este flash dura lo que el aleteo de una mariposa... pero no importa. Sepamos que con eso alcanza para que nuestros cuerpos rememoren el más grande de los misterios de la Vida.
El resto, dejémoslo a la Primavera.