
Demeter y Hades son los protagonistas de un mito central en nuestra cultura: el Rapto de Perséfone. De nuevo, estamos en presencia de uno de los poderosos temas arcaicos de la relación masculino-femenina: la vida propagándose a sí misma, pero ahora contando con la auto-conciencia de sus dos polos: femenino y masculino. En el mito que en esta fase nos ocupa, este poderoso motivo vital se suele esconder tras el debate acerca de ¿quién tiene el Poder y cómo lo entrega? (en caso de que decida, o de que sea obligado a entregarlo).
El "poder" es acá entendido como el dominio "imperial" de un sexo sobre el otro. La Gran Madre no tiene dudas acerca de su auto-completitud matriarcal a través del poder del vientre... El Gran Estratega del mundo patriarcal, a su vez, no duda en sentirse dueño del deseo a través de la fuerza física con la que irrumpe en el afuera.
Si en la fase previa (leonina) el Rey y la Reina no resolvieron su conflicto de egos, en esta fase virginiana (decisiva en tanto que previa al Gran Retorno del viaje de la individuación) la colisión del "poder de lo femenino" vs. el "poder de lo masculino" tendrá el aspecto de una guerra imperial. Y ya se sabe que de estas guerras nadie sale ganador. El mundo entero queda arrasado.
Este mito subyace en casi todos los vínculos varón-mujer, pero no siempre es fácil identificarlo. Irrumpe cuando la potencia alquímica del deseo amoroso sexual queda capturada en nuestros juegos egoístas y temerosos, a través de la pseudo-entrega al otro. O sea, cuando por un lado afirmamos que queremos ser "dos en la vida", pero en los hechos no logramos ver el vínculo más que desde nosotros mismos.
La resolución de este mito sólo admite un camino: que la fuerza de cada polo –femenino / masculino- sea aceptada como una función complementaria. Que Demeter y Hades depongan sus exigencias imperiales, y admitan con humildad su destino de reciprocidad.