
TAURO: LA RESERVA MATERIAL DEL FUEGO
En Tauro irrumpe femeninamente la sensualidad de Afrodita, la diosa impar del Olimpo. Casada con Hefesto el herrero divino (deidad masculina, profunda y melancólica, del fondo de la Tierra), no dudaba en seguir abriendo sus brazos al fogoso dios de la guerra. Porque, aunque la lista de sus amantes estaba muy poblada, Ares era su amante favorito.
Sin embargo, Hefesto y Ares compartían mucho más que los brazos de la Diosa de la Belleza... También los unía un origen doloroso: ambos provenían del vientre de deidades femeninas poderosas y a la vez encolerizadas con los dioses patriarcales. A tal punto -se dice- que los habían concebido sin concurso masculino, y luego se habían desentendido de ellos.
Afrodita, en tanto, es hija de Urano y por eso nació directamente del Cielo, sin pasar antes por el vientre de una madre. Esto signó su polarización con las diosas de la Tierra que, en el fondo -igual que Gea- siempre anhelaron volver a ser las Amantes Celestiales, pero quedaron tomadas por el poder del Gran Vientre. A Afrodita, la Diosa del Amor, se la ve a veces jugar inconscientemente roles maternos, pero claro... incluso en esos momentos afloran sus rasgos impunemente incestuosos.
Hefesto, minusválido desde su nacimiento, quedó como el Dios Rengo, dedicado a manejar la fragua de los dioses y a fabricar sus armas de guerra. Pero decidió con orgullo sacar potencia de esta humillación de su masculinidad. El vínculo entre él y Ares es evidentemente complejo, porque ambos guardan una herida inicial, que no puede cerrarse.
Esta dupla de dioses expresa, por lo tanto, las luces y sombras entre la Amante o la Madre...entre el Valiente o el Sensible. ¡Cuántas veces habremos sido jugados por alguna de sus caras! Quizá todavía nos sintamos tironeados por su aparente ambivalencia. Quizá podamos percibir que, en el fondo, guardan el secreto de un intercambio profundo, que si nos proponemos escucharlos, nos lo puedan transmitir.