
ARIES: EL FUEGO ORIGINARIO
Salir al aire libre, a la naturaleza salvaje, a cazar, a incrustarse en ella. Vibrar intensamente cuando el mundo se pone peligroso, cuando se oye el ruido de los animales salvajes, cuando se esperan emboscadas o se las tiende a la presa que el instinto pide capturar... ¿Es equivalente este impulso en varones y mujeres?
Los mitos antiguos suelen atribuir la encarnación de estas cualidades a dioses masculinos. Cada vez que se habla de la guerra o del instinto de la conquista o del combate, es Ares (Marte) el dios más invocado en occidente. El ha encendido nuestra fantasía con sus aventuras bruscas y osadas, con su atolondramiento temible y a la vez puro y directo, como el filo de un puñal de piedra. No sólo es el dios de los guerreros, sino también el que guía el brazo certero del cazador, del arponero, del acechador... También es el amante fogoso, que conquista a una mujer con las mismas armas con las que conquistaría una fortaleza...
¿Cómo se instala esta vibración salvaje y temible en un organismo femenino? Las imágenes de las Amazonas (hijas de Marte) son a veces excesivamente recortadas en su imitación de lo varonil. Por eso, salvo alguna excepción como la de Hipólita, estas guerreras suelen ser poco atractivas como material de identificación para las mujeres.
Algo muy distinto ocurre con Artemisa, la Doncella Arisca, la cazadora de jabalíes de los bosques griegos, quien no vacilaba en fulminar con sus flechas a cualquier varón que quisiera imponérsele por la fuerza. Ella es una diosa compleja y arcaica, quizá una de las más antiguas y misteriosas. Por un lado es la gran cazadora agreste, pero por otro lado se la llama asimismo “la diosa de los mil pechos”, ya que cuidaba de las crías y de las mujeres embarazadas, aunque ella misma no se embarazaba ni daba de mamar.
¿Cómo se llevarían Ares y Artemisa si fueran obligados a coexistir como pareja? Nada mejor que averiguarlo a través de nosotros mismos, varones y mujeres “civilizados” del siglo XXI, que con tanta frecuencia les seguimos prestando nuestros cuerpos y almas.